Op-Ed: Notas sobre identidad y exhibición de la moda mexicana

 

Ésta es la primera vez que invitamos a un colaborador externo a Archivo Moda Mexicana a escribir una nota de opinión para nuestro Journal. Estamos honradas y muy entusiasmadas de presentar el primer texto de está nueva sección llamada Op-Ed AMM con una invitada de lujo: Carolina Haaz.

 

Texto por Carolina Haaz
Fotografía por Sergio López

 
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Si esta fuera una noticia sensacionalista, arrancaría así: “México está de moda. Carolina Herrera se apropia de diseños de las comunidades del país en su nueva colección”. Pero marcamos aquí una raya. Partir de esta polémica tiene una razón de ser. Importa esta noticia como sigue importando que Isabel Marant haya utilizado diseños de la comunidad mixe. Importan, también, los conjuntos de Craig Green (primavera 2020) que simulan estar hechos de papel picado mexicano. Pero aquí importa, sobre todo, entender lo que nos preocupa: ser las víctimas del gran robo de la identidad mexicana. 

A finales de 2017 México perdió una valiosa colección de prendas históricas, entre las que estaban un vestido de María Félix, prendas de la era porfirista y cuatro diseños del denominado padre de la alta costura, el inglés Charles Frederick Worth. Pertenecían a Rodrigo Flores, probablemente el único coleccionista de moda en el país. Por esos días, unos cuantos medios lo buscaron para entrevistarlo, ante los cuales respondió prácticamente lo mismo: subastaba las piezas en Estados Unidos porque antes las ofreció a museos y archivos nacionales, pero no hubo ninguno que pudiera costear los demandantes presupuestos que exigen las delicadas reliquias.

Eso es probablemente cierto. 

De acuerdo con un artículo publicado por El Universal en 2018, Ciudad de México es una de las ciudades con más museos. Ahí, Lidia Camacho, directora general del Instituto Nacional de Bellas Artes, dice que “existen 1,300 museos, de los cuales 142 pertenecen a la Secretaría de Cultura Federal, muchos de ellos con hasta un siglo de existencia”. Adicionalmente, la cantidad de galerías de arte repartidas en la capital no es despreciable. Sin una cifra oficial, podríamos estimar que ronda entre 40 y 50. No sólo eso: ocho mexicanos están entre el listado de los más relevantes coleccionistas de arte, que la revista estadounidense Artnews publicó el año pasado. Y sin embargo, ninguna de las instancias públicas ni particulares mencionadas, estuvieron interesados o tuvieron la posibilidad de adquirir una de las prendas históricas de Flores. 

Pero no se confunda la línea anterior con una intención de queja. Aclaremos que la vestimenta, por más influyente que sea, no es arte. Es decir, no pertenece al sistema del arte. Así, es comprensible que una galería o un museo que dedique sus colecciones permanentes a objetos de arte no crea pertinente adquirir un vestido, digamos, usado por María Félix —otra cosa es que para alguien ajeno o indiferente a las artes, estos objetos parezcan tan arbitrarios como un urinario o un balón ponchado—. Lo anterior descarta a algunos museos de la larga lista, ¿y qué decir de aquellos enfocados en la historia mexicana? ¿en la antropología? ¿la indumentaria? ¿la economía? Entre tanto, es inevitable evadir el gran problema de presupuestos destinados a lo que el gobierno establece como cultura. No abundaremos en ello en esta ocasión. 

 

“No seríamos los primeros en preguntarnos, ahora, por qué no existe un museo —o espacio cultural— dedicado exclusivamente a la moda en México.”


 

La posibilidad de un museo 

No seríamos los primeros en preguntarnos, ahora, por qué no existe un museo —o espacio cultural— dedicado exclusivamente a la moda en México. En cambio, otras disciplinas creativas cuentan con espacios modestos pero establecidos, como el Museo Nacional de Arquitectura que ocupa el último nivel del Palacio de Bellas Artes. O la colección de diseño industrial y artes decorativas pertenecientes al Museo Franz Mayer, también ubicado en el Centro Histórico de Ciudad de México. Volviendo a la moda, uno de los factores que explican la carencia de exposiciones y espacios museísticos enfocados en esta, es que el diseño en busca de una identidad propia es un problema verdaderamente reciente. Esto comenzó a discutirse en la década de los 30, según la investigación de Ana Elena Mallet para la exposición “El arte de la indumentaria y la moda en México 1940-2015”. No lo sabe —ni tendría que saberlo— quien no asistió, cuando el Palacio de Cultura Banamex la presentó durante 2016. 

Así las cosas, nadie tendría por qué saber, por ejemplo, que la moda mexicana se nutre pero no es lo mismo que la indumentaria de este territorio. Los bordados típicos, las siluetas o la diversa riqueza textil que nacen de este país son un patrimonio vivo y valioso, pero no se delimita por el margen de la moda. La exposición a cargo de Mallet fue descrito por ella como “el primer boceto de historia”. Esta idea es válida, tomando en cuenta los pocos y dispersos registros que existen en México sobre esta producción cultural. Después de todo, la formación de una conciencia histórica —como sucede en todos los ámbitos del acontecer social— sobre la identidad del México del siglo pasado es un recurso indispensable para comprender y preguntarnos sobre el presente y el futuro. 

 

“Cuanto más registro y reflexión sean generados alrededor de la producción de la industria de la moda en México, mayor arraigo tendrá la cultura de la moda por su potencial de conectar con nuevos públicos alejados del nicho.”


 


El presente de las exhibiciones de moda 

En otras ciudades del mundo, corren buenos tiempos para las exhibiciones de moda. En Londres el Museo Victoria & Albert, el más grande dedicado al diseño y las artes decorativas en el mundo, inauguró recientemente la mayor muestra dedicada al legado de Christian Dior. Cuatro años antes albergó la exitosa y agotada “Alexander McQueen: Savage Beauty”, la más popular hasta ahora. Y es que así como sucede en el mundo del arte, en la actividad museística de la moda también existe el fenómeno blockbuster. Es decir, las exposiciones que “la rompen” en números de visitas con filas interminables. Una fórmula para llegar a ello son las exposiciones dedicadas a un diseñador muy relevante, tomando en cuenta otros factores, como contar con espacios extraordinarios para hacer selfies. El Museo Metropolitano de Nueva York apuesta por galas benéficas con celebridades que se visten bajo el tema de la exposición —este año, el complejo concepto de lo “camp”—y logran una gran cobertura mediática, lo cual hasta ahora ha dejado buenos números. 

Debido a la joven condición histórica de la producción de moda mexicana, son pocos los diseñadores que han un dejado trascendente. De la década de los años 40 destaca Ramón Valdiosera, conocido como el inventor del rosa mexicano. De la actualidad, pocos rebasan una década de existencia, prueba que sugiere tomar en cuenta Gustavo Prado en su libro “Mextilo: Memoria de la moda mexicana” (2017). Pero los hay. Y están los que no sólo han superado la prueba del tiempo sino que han tenido reconocimiento internacional, como Carla Fernández, que ya exhibió su trabajo en el Museo Victoria & Albert y en otros importantes recintos. O Pineda Covalín, con una clara solidez comercial luego de un largo camino desde 1996, por mencionar algunos nombres. 

Cuanto más registro y reflexión sean generados alrededor de la producción de la industria de la moda en México, mayor arraigo tendrá la cultura de la moda del territorio, por su potencial de conectar con nuevos públicos alejados del nicho. Según la investigación de Prado, de 1959 a 2017 se presentaron cerca de 40 exposiciones de este tipo en el país. Mientras escribo este texto*, Palacio de Hierro Polanco alberga una línea de tiempo expositiva de Louis Vuitton, titulada “Time Capsule”, el Museo de Arte Popular exhibe “México textil”, con piezas como un atuendo creado por Guillermo Jester en colaboración con artesanas de Chiapas. En 2018 Archivo Moda Mexicana (el proyecto que ahora mismo alberga este texto) presentó, en tiempos de Design Week México, la muestra “Moda local”, que reunió por primera vez el trabajo de 40 diseñadores contemporáneos. A propósito del carácter de lo contemporáneo —que no es otra cosa sino aquellas prácticas que reflexionan sobre el presente— es interesante mencionar la importancia de la conservación del trabajo que se está creando en el presente. Por supuesto, marcas como Louis Vuitton, Chanel o Christian Dior tienen la capacidad para conservar convenientemente su historia, pero no es así con los diseñadores nacionales. Tal es un reto de largo alcance. Por ahora, basta con comenzar a entender las exhibiciones como proyectos para la sociedad, dedicados a revelar ciertas preguntas y verdades históricas. 

*El texto fue redactado el 12 de junio de 2019

 

 

Carolina Haaz escribe sobre moda y diseño. Es editora de moda y artes en la revista Bleu & Blanc. Anteriormente editó la rama digital de revista Código y coordinó el área de difusión del Centro de la Imagen. Ha colaborado con Revista 192, Arquine, Coolhuntermx, Meow Mag, Icónica, La Tempestad, Pez Banana y la galería Ángulo Cero.

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Op-Ed AMMAnna Gomez